Ellas (las niñas) sí pudieron…

Ellas pudieron.  Mera cuestión de constancia y de dejar profundos vicios publicitarios de lado. Tal vez sólo ahí lleguen, pero es más que lo logrado en Sudáfrica 2010 por los llamados profesionales. Esto emociona más que una verborrea mediática de un payaso de peluca verde y un grupete de comunicadores deportivos con ambiciones  bien definidas. Aquí el testimonio del temido quinto partido.

La selección mexicana avanzó a los cuartos de final de la Copa Mundial Femenina Sub-20 Alemania 2010, al empatar de manera agónica a 1-1 ante Nigeria.

México rescató la igualada con un gol de Alina García Méndez sobre el minuto 77, cuando Nigeria parecía tener controlado el partido, pero en un cobro de tiro de esquina y después de varios rechaces la mexicana no lo pensó dos veces y envió el balón al fondo de las redes para poner los números definitivos.

Nigeria se había colocado al frente del marcador desde el minuto 16, en un tiro de esquina desde la punta derecha que Esther Sunday intentó rematar con la cabeza en el áarea, pero sólo retrasó hacia el manchón de tiro penal para que Ebere Orji encontrara el balón de frente al arco y marcara el gol de la ventaja.


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Las razones de la derrota

Este texto luminoso, oportuno y excepcional, fue escrito hace cuatro largos años – aunque usted no lo crea–. Quisiéramos pensar que la historia no se repite cíclicamente, pero ante los resultados, es la realidad del tricolor panbolero. En aquél entonces, ilustrado con imágenes del presidente Vicente Fox lamentándose tapándose los ojos, Rafa Márquez sin playera llorando como niñita, una joven con la insignia nacional terciando su cabeza con lágrimas a flor de piel y un parroquiano de cantina dándose el frentazo portando la playera verde, fue publicado este material en el periódico gratuito CIUDADNORTE en julio de 2006, durante el desarrollo de aquel oriental torneo global (quien así lo solicite puedo enviar el PDF, copiado del original, certificando su autenticidad). The same history regresa cruelmente cada Mundial de futbol. Esa es la realidad contundente: el deporte de las patadas no debería ser la pasión nacional.

Ese auténtico y verdadero periodista, narrador y escritor consignó así…

Las razones de la derrota

Por Víctor Jesús Martínez

¿Por qué perdió México? Esta pregunta ha desvelado a las inteligencias más precalaras (desde intelectuales hasta opinadores de programas de deportes) de nuestro país. Ha sido el punto de partida de sesudos análisis sicológicos, sociológicos y antropométricos. Ha merecido algunos de los dichos más recordados (jugamos como nunca pero perdimos como siempre, somos los ratones verdes, otras vez los malditos penales, una vez más en octavos, ai’ pal’otra, el entrenador tuvo la culpa, debieron llevar al Temo…). Ha provocado los más irritantes lloriqueos del irritante Perro Bermúdez. Ha hecho equivalente la frase “cuando México gane un mundial” a lo imposible, lo que nunca se realizará, lo absurdo en sí mismo.

La tragedia moderna de México en Mundiales se inauguró en 1986, cuando después de un partido extenuante Alemania lo batió en penalties en El Volcán de Monterrey, aunque podría situarse tan atrás como en 1970, y abarcar las penosas eliminaciones en torneos de Concacaf en 1973 y 1981, o el desastre de Argetina 78. Tras el cachirulazo hacia Italia 90, en Estados Unidos 94 el Tri volvió a tirar penales de manera infame ante Bulgaria, con la interrogante perpetua de qué habría pasado si Miguel Mejía Barón mete al campo a Hugo Sánchez en los tiempos extras. En Francia 98, tras un partidazo de Luis Hernández y el Cabrito Arellano, un par de errores defensivos de Davino y Lara permitieron dos goles de Klinsmann y Bierhoff, que hicieron avanzar otra vez a Alemania. En Corea-Japón 2002, Javier Aguirre se volvió loco y sacó del campo a Ramón Morales; el equipo se desbarató y EU ganó 2-0. (Nota de la Redacción: la misma historia).

En Alemania 2006, a pesar de haber brindado tal vez su mejor partido en Mundiales (sólo recordamos otros dos juegos a ese nivel: el empate a dos con Holanda de Francia 98, y la derrota mencionada con el equipo germano hace 20 años), la Selección sucumbió ante Argentina por 2-1, con un gol espectacular –aunque circunstancial- de Maxi Rodríguez.

Tenemos así cuatro (cinco) eliminaciones en octavos de final consecutivas. Frente a los restos de botanas, las botellas vacías de cerveza, el maquillaje tricolor corrido, las playeras verdes y las banderas que deberás guardarse por otros cuatro años, rumiamos que los mexicanos nacimos para jugar canicas, pero no futbol, y repasamos el rosario de pretextos: el jamaiconazo, la deficiente preparación física, el desorden táctico, la falta de concentración, nuestro fenotipo, la mala alimentación, la inflación mercadotécnica de Televisa y TV Azteca que nos invitó a zambullirnos en el consumismo patriótico, las maldiciones vudú, la estupidez, las farras pre-partido, las locuras del técnico, el miedo al fracaso, el miedo al éxito, el miedo a la medianía…

Ya con la cabeza fría, al aficionado le brincan algunas preguntas angustiantes –a fuerza de ser reiterativas cada cuatrienio–: ¿cómo es posible que un país del tamaño de México no pueda formar un equipo de 11 jugadores competitivos, con su respectiva banca? ¿En nuestra herencia biológica está ausente el gen futbolero, tan desarrollado en los brasileños, los italianos, los alemanes, etcétera? ¿Acaso los mexicanos no estamos capacitados para destacar en deportes que impliquen trabajo en grupo?

¿Es una cuestión de falta de jugadores? Veamos: de los 12 países más poblados del mundo, en dos (Brasil, quinto, y México, undécimo) el futbol soccer es, de facto, el deporte nacional. Brasil tiene cerca de 180 millones de habitantes, y México casi 105 millones. La selección verdemarelha tiene cinco títulos mundiales, y nuestro país no sólo no ha ganado uno sólo, sino que no se ve para cuándo podrá pasar de la ronda de cuartos de final. Un país como Italia, con la mitad de habitantes de México (cerca de 60 millones), se acaba de adjudicar su cuarta copa.

Asimismo, tenemos una liga profesional opulenta, con patrocinios y comercialización excesivos. Los aficionados mexicanos son de los más apasionados y fieles del mundo (como lo demuestra el hecho de que llenaron estadios en Alemania). Nuestros clubes tienen historia (centenaria, la de algunos), un buen nivel –vencen a rivales sudamericanos y le ponen cara a los europeos en las pocas veces que los enfrentan– y arraigo popular. Así que no es cuestión de roce, ignorancia o falta de condiciones e infraestructura… Entonces, ¿Por qué la Selección perdió en octavos de final, otra vez con un equipo que en nada era superior (salvo en la nómina)?

Podrían aventurarse explicaciones culturales. Imaginemos un debate sobre la Selección Macional frente a unos cafés (o unas chelas, para entrar en ambiente panbolero). El cronista oficial de Hernán Cortés, Francisco López de Gómara, con indiferencia aseguraría que los naturales de estas tierras son inferiores para realizar tareas arduas como patear con gracia e ingenio una pelota (aunque lo mismo podría decirse de los españoles, dado lo que sucedió en Alemania 2006…). Ignacio Manuel Altamirano, escritor y político juarista, aseguraría que los mexicanos necesitan tener contacto con la educación  y el pensamiento liberales más avanzados de Europa y EU, para así librarse de su atraso. El doctor Samuel Ramos, autor de El perfil del hombre y la cultura en México, terciaría que no ganamos en Mundiales por un irremediable complejo de inferioridad. Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, aseguraría que los jugadores mexicanos se encuentran atrapados en un laberinto de falta de identidad, que los obliga a asumir distintas máscaras (por ejemplo, las muchas alineaciones de La Volpe que jamás cristalizaron en un estilo de juego); Roger Bartra, autor de La jaula de la melancolía, concluiría aduciendo que la personalidad del jugador mexicano asemeja a un ajolote: en perpetuo estado larvario sin llegar nunca a la madurez.

Veámoslo fríamente. En todas las ciudades, en todos los pueblos, a pesar de cualquier adversidad climática o física; en tierra, en cemento, en asfalto o entre piedras; en las costas, en el altiplano, en las serranías, en el norte… en todo México, en suma, se juega futbol. Esta práctica masiva y arraigada del deporte, sin embargo, no se ha traducido en la preparación de jugadores competitivos para los parámetros europeos y sudamericanos –por lo menos los suficientes– para conformar una Selección ganadora.

En ese tránsito entre el localismo y la globalización, todo apunta a que los mexicanos deben esforzarse por encajar en un entorno en el cual otros dictan las reglas. ¿Podrá plantearse la cuestión de los mundiales como un síntoma más de ese paso que los mexicanos no nos decidimos a dar? ¿La clave estará, como en cualquier competencia, en reconocer objetivamente debilidades y fortalezas, y trabajar en las primeras y explotar al máximo las segundas? ¿Cuándo será la hora de México en un Mundial?

Dios nunca metió un gol con la mano

Iniciemos con la arqueología impresa, al hacer las calas en el archivo, me encontré este texto genial de mi brother Víctor. Va, acorde a los tiempos.

Dios nunca metió un gol con la mano

Víctor Jesús Martínez

Cuenta la leyenda que, haciendo garabatos en la tierra del campo de futbol del Cebollitas, el técnico le decía a los pibes: “Mirá, Gandolfi, vos te quedás atrás, como defensa central… Vos, Rodríguez, corre por la banda izquierda; si atacamos, vas como extremo; si nos atacan, defendés… Vos, Matenaghi, siempre atrás, como stopper…”, y al llegar a Dieguito, decía: “Vos, Maradona, hacés lo que quieras, ah”.

Algo similar le dijo sin duda Carlos Salvador Bilardo el mediodía del 22 de junio de 1986, antes de que Argentina e Inglaterra se enfrentaran en los cuartos de final de la Copa del Mundo México 86. Maradona, con diez jugadores argentinos como comparsas, se tomó en serio la indicación y se despachó dos goles que opacaron a su selección y a la conquista misma del campeonato, que se dio dos partidos más tarde, cuando los celestes batieron a Alemania Federal 3 a 2.

Recuperado de una larga, larga temporada de adicciones y caos; de media docena de tratamientos de rehabilitación en Cuba y de un by pass gástrico; y de ser la encarnación obesa de todo lo que representa el futbol excepto el juego mismo, Diego Armando Maradona se presentó, sonriente y parlanchín, a finales del año pasado en La noche del 10, un programa de televisión diseñado para su gusto y lucimiento, en el que entrevistaba a sus amigos, rivales e ídolos (de Charly García o Rubén Omar Romano a Pelé y Chespirito); escuchaba su música favorita y las adulaciones de sus incondicionales, y revelaba sus secretos en las canchas en sus sucesivas participaciones en el Boca Juniors, el Barcelona, el Nápoles y la selección nacional. En la segunda emisión se ocupó de develar la mentira colectiva más celebre de la historia del futbol: el segundo gol que le anotó a Inglaterra en el Azteca.

Ese partido de cuartos de final de México 86 consagró a Maradona en el olimpo de los dos o tres hombres (Pelé, Alfredo Distefano, Johann Cruyff) que han manejado el balón de futbol sobre la faz de la Tierra como genios, al realizar dos anotaciones que por sí mismas valen el recuerdo de ese Mundial. El primer gol recientemente fue declarado el más hermoso en toda la casi octagenaria historia de los mundiales; provocó la fundación de la Iglesia Maradoniana (en serio), y logró incluso que los ateos materialistas hayan aceptado que esa es la única manifestación tangible de la existencia de Dios (Juan Villoro dixit): el Pelusa gambeteó a medio equipo contrario, con todo y portero, a lo largo de más de medio terrero, como si el balón supiera lo que estaba pensando.

El segundo es el de la célebre “mano de Dios”: el balón bombeado vuela sobre el área chica; Maradona y el portero inglés Peter Shilton saltan por él; el argentino lo alcanza con la mano izquierda y lo empuja a las redes. Los 22 jugadores, los cuerpos técnicos, los comentaristas de todo el mundo, las más de 120 mil personas que abarrotan el estadio Azteca (por no decir los cientos de millones que siguen el partido por televisión); todos ven la flagrante mano… excepto el árbitro y sus auxiliares. Gol. Inglaterra es eliminada.

Los mitos no nacen de verdades ni hechos, sino de anhelos. Esa tarde Argentina exorcizó los hechos traumáticos de su historia reciente en ese partido. Construyó un mito perfecto, con buenos, malos y un héroe a la altura del arte ayudado por Dios mismo. Según los argentinos, como en la Ilíada, en la que los dioses pelean al lado de los griegos y los troyanos, la divinidad anotó el gol del triunfo. Para la consumación de la gesta, Maradona y sus compañeros no sólo debían derrotar a los ingleses, sino hacerlo con cierta dosis de humillación. Maradona fue en ese partido, además de un genio con el balón, un pícaro que caminó muy cerca del límite de las reglas; lo logró: se salió con la suya y con ello redimió los pecados del alma argentina, que tenía los ojos abiertos a la hiperinflación, a la noche de la dictadura y al desastre de las Malvinas. Así lo indicó el Pelusa en la televisión: ese partido fue una suerte de venganza. Simbólicamente, la fuerza bélica del imperio británico fue conjurada con una marrullería traviesa en el campo de futbol.

Bajo este enfoque, la revelación en La noche del 10 aterriza a Maradona en la realidad objetiva y lo ubica como un tipo que metió un gol con la mano con la ayuda de un árbitro zopenco. La “mano de Dios” era un mito necesario, como esperar a los Reyes Magos el 6 de enero o al ratón de los dientes cuando se muda la dentadura. Estamos tranquilos: ya sabemos que Dios no juega futbol y que no es argentino. De ser un inspirado, Maradona pasó a ser un simple tramposo.