Posteado por: vladimirmartinez | octubre 24, 2010

TODO A CIEN / El primero de la fila: Kapuscinki

TODO A CIEN

El primero de la fila

Óscar Vladimir Martínez*

¿Ha sentido usted la pérdida de un ser querido? La respuesta podría ser naturalmente afirmativa. Pero el caso es, ¿ha sentido tales sentimientos por alguien que no es un familiar o un amigo? Quien esto escribe puede afirmar que un duelo profundo se genera ante la muerte de una persona a quien tuve la oportunidad de conocer apenas durante unos minutos.

Media tarde de un martes. Una escueta nota periodística en un portal de noticias me informa que la vida de Riszard Kapuscinki llegó al final a los 75 años debido a complicaciones derivadas de una difícil intervención quirúrgica a la que fue sometido apenas el sábado anterior.

La trayectoria del polaco fue prolífica: una decena de libros y un sinnúmero de artículos periodísticos son testimonio de lo que sus ojos vieron alrededor del mundo, cubriendo medio centenar de conflictos bélicos en los cuales estuvo presente.

Siempre he pensado que el calificativo de “el mejor” es, además de injusto, parcial. Podemos calificar a alguien como el mejor a pesar de no haber leído o escuchado todo lo que existe. Pero puedo decir que en la fila de los mejores reporteros y escritores del globo, Kapuscinki ocupaba uno de los primeros sitios.

Me es difícil ocupar la palabra “era”. Aquí el por qué.

Hace apenas unos años, cinco para ser exactos, un correo llegó a mi bandeja en el periódico Reforma, donde laboraba como reportero de la fuente política. Se me invitaba a participar en un taller de ética periodística, el cual sería conducido e impartido por –otro grande puedo afirmar- el colombiano Javier Darío Restrepo. Tras el curso, del cual hablaré en otra entrega, platiqué algunos minutos con Restrepo. Tras exponer un caso en el que había que utilizar mi criterio ético para resolver un conflicto periodístico, me dijo que él veía en mí una carrera prometedora. Sus razones tuvo. Me recomendó que me suscribiera a la Fundación Nuevo Periodismo en la cuál obtendría un intercambio de ideas con otros periodistas y principalmente, podría recibir el conocimiento y la experiencia de grandes del periodismo. Una recomendación me pareció capital: “cuando tengas una oportunidad, conversa con Kapuscinki, es difícil, porque anda por todo el mundo, pero si puedes, hazlo”.

No pasó mucho tiempo para que ello ocurriera, el polaco tuvo a bien hacer una escala en México, se habían programado un par de pláticas, una en la Universidad Iberoamericana y otra –para mi sorpresa- en el periódico Reforma. Asistí acompañado de mi hermano Víctor y mi cuñada Sandra –ambos excelentes periodistas- a la plática en Santa Fe. El auditorio, relleno de muchachos imberbes y más preocupados por su apariencia física que en su aprendizaje, convirtió la magistral conferencia de Kapuscinki en una colección de respuestas soberbias a preguntas pueriles. Puedo decir que me impresionó sentir las tablas de un experto frente a mí, cómo aquel hombre blanco y regordete había tenido, y solucionado, conflictos en los que cualquier reportero tiene día a día.

Al día siguiente, el reportero hizo presencia en el diario donde laboraba. Sencillo y afable, arribó al salón Chapultepec, al que habíamos sido convocados toda la platilla de reporteros y editores. En un polaco convertido al español, mientras el limitado tiempo lo permitió, respondió a las preguntas de los asistentes. Desde las más elaboradas hasta las más básicas se lanzaron al europeo. “¿Cómo se hace alguien reportero?”, preguntó un novel reportero de espectáculos. “No lo sé, sólo se que estoy aquí y por algo estás aquí”, se impuso Kapuscinki.

Tras la plática, que apenas habrá durando unos treinta minutos, Kapuscinki se retiró. Supe que debería seguir la recomendación de Restrepo y pretendí abordarlo. Aunque algunos guardias trataron de impedirlo, lo logré. Llegué hasta el polaco y sonriente, les dijo a los guardianes: “Déjenlo pasar, lo vi en la conferencia, es un reportero y los reporteros no mordemos”. Tras mi presentación, le dije que Restrepo me había recomendado hablar con él. Ilusamente pensé que me daría el secreto mejor guardado para los reporteros. Pregunté el por qué titular a uno de sus libros Los cínicos no sirven para este oficio.

En el elevador respondió que el cínico no conservaba nada de los que veía y escuchaba, que lo usaba para su mejor beneficio. Pregunté el cómo diferenciar a un cínico de un honesto. “Tu corazón y tus conocimientos son las mejores armas, lo que aprendemos en la trayectoria periodística son los mejores usos que les damos”.

Entonces, pregunté cómo enfrentar a un jefe o a una empresa que quiere que seamos cínicos y no honestos. “Si eres capaz de dejar lo que amas por tu pasión y tu ética, no te debería importar eso.Aunque te obliguen, nunca podrás ser cínico. Y lo único que veo en ti es pasión, no la desperdicies”. Y se fue.

La tarde del martes falleció ese hombre. Hoy doy gracias por lo que me dejó, Restrepo no se equivocó. Trato día a día de no desperdiciar, y que otros colegas no lo hagan, la pasión por el periodismo. Espero hacerlo siempre y no desperdiciarla.

Gracias Riszard. Sé que seguirás reporteando desde donde estés.

(Actualización) Hoy menos que nunca lo haré. No puedo hacerlo.

*Académico y periodista

Posteado por: vladimirmartinez | agosto 28, 2010

Ruta México-Guadalajara


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Posteado por: vladimirmartinez | agosto 28, 2010

Podcast 185

Ciudadnorte – Podcast – 185 by vladimirmartinez

Posteado por: vladimirmartinez | agosto 28, 2010

Galería CPD

Posteado por: vladimirmartinez | julio 24, 2010

Ellas (las niñas) sí pudieron…

Ellas pudieron.  Mera cuestión de constancia y de dejar profundos vicios publicitarios de lado. Tal vez sólo ahí lleguen, pero es más que lo logrado en Sudáfrica 2010 por los llamados profesionales. Esto emociona más que una verborrea mediática de un payaso de peluca verde y un grupete de comunicadores deportivos con ambiciones  bien definidas. Aquí el testimonio del temido quinto partido.

La selección mexicana avanzó a los cuartos de final de la Copa Mundial Femenina Sub-20 Alemania 2010, al empatar de manera agónica a 1-1 ante Nigeria.

México rescató la igualada con un gol de Alina García Méndez sobre el minuto 77, cuando Nigeria parecía tener controlado el partido, pero en un cobro de tiro de esquina y después de varios rechaces la mexicana no lo pensó dos veces y envió el balón al fondo de las redes para poner los números definitivos.

Nigeria se había colocado al frente del marcador desde el minuto 16, en un tiro de esquina desde la punta derecha que Esther Sunday intentó rematar con la cabeza en el áarea, pero sólo retrasó hacia el manchón de tiro penal para que Ebere Orji encontrara el balón de frente al arco y marcara el gol de la ventaja.


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Posteado por: vladimirmartinez | julio 2, 2010

Las razones de la derrota

Este texto luminoso, oportuno y excepcional, fue escrito hace cuatro largos años – aunque usted no lo crea–. Quisiéramos pensar que la historia no se repite cíclicamente, pero ante los resultados, es la realidad del tricolor panbolero. En aquél entonces, ilustrado con imágenes del presidente Vicente Fox lamentándose tapándose los ojos, Rafa Márquez sin playera llorando como niñita, una joven con la insignia nacional terciando su cabeza con lágrimas a flor de piel y un parroquiano de cantina dándose el frentazo portando la playera verde, fue publicado este material en el periódico gratuito CIUDADNORTE en julio de 2006, durante el desarrollo de aquel oriental torneo global (quien así lo solicite puedo enviar el PDF, copiado del original, certificando su autenticidad). The same history regresa cruelmente cada Mundial de futbol. Esa es la realidad contundente: el deporte de las patadas no debería ser la pasión nacional.

Ese auténtico y verdadero periodista, narrador y escritor consignó así…

Las razones de la derrota

Por Víctor Jesús Martínez

¿Por qué perdió México? Esta pregunta ha desvelado a las inteligencias más precalaras (desde intelectuales hasta opinadores de programas de deportes) de nuestro país. Ha sido el punto de partida de sesudos análisis sicológicos, sociológicos y antropométricos. Ha merecido algunos de los dichos más recordados (jugamos como nunca pero perdimos como siempre, somos los ratones verdes, otras vez los malditos penales, una vez más en octavos, ai’ pal’otra, el entrenador tuvo la culpa, debieron llevar al Temo…). Ha provocado los más irritantes lloriqueos del irritante Perro Bermúdez. Ha hecho equivalente la frase “cuando México gane un mundial” a lo imposible, lo que nunca se realizará, lo absurdo en sí mismo.

La tragedia moderna de México en Mundiales se inauguró en 1986, cuando después de un partido extenuante Alemania lo batió en penalties en El Volcán de Monterrey, aunque podría situarse tan atrás como en 1970, y abarcar las penosas eliminaciones en torneos de Concacaf en 1973 y 1981, o el desastre de Argetina 78. Tras el cachirulazo hacia Italia 90, en Estados Unidos 94 el Tri volvió a tirar penales de manera infame ante Bulgaria, con la interrogante perpetua de qué habría pasado si Miguel Mejía Barón mete al campo a Hugo Sánchez en los tiempos extras. En Francia 98, tras un partidazo de Luis Hernández y el Cabrito Arellano, un par de errores defensivos de Davino y Lara permitieron dos goles de Klinsmann y Bierhoff, que hicieron avanzar otra vez a Alemania. En Corea-Japón 2002, Javier Aguirre se volvió loco y sacó del campo a Ramón Morales; el equipo se desbarató y EU ganó 2-0. (Nota de la Redacción: la misma historia).

En Alemania 2006, a pesar de haber brindado tal vez su mejor partido en Mundiales (sólo recordamos otros dos juegos a ese nivel: el empate a dos con Holanda de Francia 98, y la derrota mencionada con el equipo germano hace 20 años), la Selección sucumbió ante Argentina por 2-1, con un gol espectacular –aunque circunstancial- de Maxi Rodríguez.

Tenemos así cuatro (cinco) eliminaciones en octavos de final consecutivas. Frente a los restos de botanas, las botellas vacías de cerveza, el maquillaje tricolor corrido, las playeras verdes y las banderas que deberás guardarse por otros cuatro años, rumiamos que los mexicanos nacimos para jugar canicas, pero no futbol, y repasamos el rosario de pretextos: el jamaiconazo, la deficiente preparación física, el desorden táctico, la falta de concentración, nuestro fenotipo, la mala alimentación, la inflación mercadotécnica de Televisa y TV Azteca que nos invitó a zambullirnos en el consumismo patriótico, las maldiciones vudú, la estupidez, las farras pre-partido, las locuras del técnico, el miedo al fracaso, el miedo al éxito, el miedo a la medianía…

Ya con la cabeza fría, al aficionado le brincan algunas preguntas angustiantes –a fuerza de ser reiterativas cada cuatrienio–: ¿cómo es posible que un país del tamaño de México no pueda formar un equipo de 11 jugadores competitivos, con su respectiva banca? ¿En nuestra herencia biológica está ausente el gen futbolero, tan desarrollado en los brasileños, los italianos, los alemanes, etcétera? ¿Acaso los mexicanos no estamos capacitados para destacar en deportes que impliquen trabajo en grupo?

¿Es una cuestión de falta de jugadores? Veamos: de los 12 países más poblados del mundo, en dos (Brasil, quinto, y México, undécimo) el futbol soccer es, de facto, el deporte nacional. Brasil tiene cerca de 180 millones de habitantes, y México casi 105 millones. La selección verdemarelha tiene cinco títulos mundiales, y nuestro país no sólo no ha ganado uno sólo, sino que no se ve para cuándo podrá pasar de la ronda de cuartos de final. Un país como Italia, con la mitad de habitantes de México (cerca de 60 millones), se acaba de adjudicar su cuarta copa.

Asimismo, tenemos una liga profesional opulenta, con patrocinios y comercialización excesivos. Los aficionados mexicanos son de los más apasionados y fieles del mundo (como lo demuestra el hecho de que llenaron estadios en Alemania). Nuestros clubes tienen historia (centenaria, la de algunos), un buen nivel –vencen a rivales sudamericanos y le ponen cara a los europeos en las pocas veces que los enfrentan– y arraigo popular. Así que no es cuestión de roce, ignorancia o falta de condiciones e infraestructura… Entonces, ¿Por qué la Selección perdió en octavos de final, otra vez con un equipo que en nada era superior (salvo en la nómina)?

Podrían aventurarse explicaciones culturales. Imaginemos un debate sobre la Selección Macional frente a unos cafés (o unas chelas, para entrar en ambiente panbolero). El cronista oficial de Hernán Cortés, Francisco López de Gómara, con indiferencia aseguraría que los naturales de estas tierras son inferiores para realizar tareas arduas como patear con gracia e ingenio una pelota (aunque lo mismo podría decirse de los españoles, dado lo que sucedió en Alemania 2006…). Ignacio Manuel Altamirano, escritor y político juarista, aseguraría que los mexicanos necesitan tener contacto con la educación  y el pensamiento liberales más avanzados de Europa y EU, para así librarse de su atraso. El doctor Samuel Ramos, autor de El perfil del hombre y la cultura en México, terciaría que no ganamos en Mundiales por un irremediable complejo de inferioridad. Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, aseguraría que los jugadores mexicanos se encuentran atrapados en un laberinto de falta de identidad, que los obliga a asumir distintas máscaras (por ejemplo, las muchas alineaciones de La Volpe que jamás cristalizaron en un estilo de juego); Roger Bartra, autor de La jaula de la melancolía, concluiría aduciendo que la personalidad del jugador mexicano asemeja a un ajolote: en perpetuo estado larvario sin llegar nunca a la madurez.

Veámoslo fríamente. En todas las ciudades, en todos los pueblos, a pesar de cualquier adversidad climática o física; en tierra, en cemento, en asfalto o entre piedras; en las costas, en el altiplano, en las serranías, en el norte… en todo México, en suma, se juega futbol. Esta práctica masiva y arraigada del deporte, sin embargo, no se ha traducido en la preparación de jugadores competitivos para los parámetros europeos y sudamericanos –por lo menos los suficientes– para conformar una Selección ganadora.

En ese tránsito entre el localismo y la globalización, todo apunta a que los mexicanos deben esforzarse por encajar en un entorno en el cual otros dictan las reglas. ¿Podrá plantearse la cuestión de los mundiales como un síntoma más de ese paso que los mexicanos no nos decidimos a dar? ¿La clave estará, como en cualquier competencia, en reconocer objetivamente debilidades y fortalezas, y trabajar en las primeras y explotar al máximo las segundas? ¿Cuándo será la hora de México en un Mundial?

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