TODO A CIEN
El primero de la fila
Óscar Vladimir Martínez*
¿Ha sentido usted la pérdida de un ser querido? La respuesta podría ser naturalmente afirmativa. Pero el caso es, ¿ha sentido tales sentimientos por alguien que no es un familiar o un amigo? Quien esto escribe puede afirmar que un duelo profundo se genera ante la muerte de una persona a quien tuve la oportunidad de conocer apenas durante unos minutos.
Media tarde de un martes. Una escueta nota periodística en un portal de noticias me informa que la vida de Riszard Kapuscinki llegó al final a los 75 años debido a complicaciones derivadas de una difícil intervención quirúrgica a la que fue sometido apenas el sábado anterior.
La trayectoria del polaco fue prolífica: una decena de libros y un sinnúmero de artículos periodísticos son testimonio de lo que sus ojos vieron alrededor del mundo, cubriendo medio centenar de conflictos bélicos en los cuales estuvo presente.
Siempre he pensado que el calificativo de “el mejor” es, además de injusto, parcial. Podemos calificar a alguien como el mejor a pesar de no haber leído o escuchado todo lo que existe. Pero puedo decir que en la fila de los mejores reporteros y escritores del globo, Kapuscinki ocupaba uno de los primeros sitios.
Me es difícil ocupar la palabra “era”. Aquí el por qué.
Hace apenas unos años, cinco para ser exactos, un correo llegó a mi bandeja en el periódico Reforma, donde laboraba como reportero de la fuente política. Se me invitaba a participar en un taller de ética periodística, el cual sería conducido e impartido por –otro grande puedo afirmar- el colombiano Javier Darío Restrepo. Tras el curso, del cual hablaré en otra entrega, platiqué algunos minutos con Restrepo. Tras exponer un caso en el que había que utilizar mi criterio ético para resolver un conflicto periodístico, me dijo que él veía en mí una carrera prometedora. Sus razones tuvo. Me recomendó que me suscribiera a la Fundación Nuevo Periodismo en la cuál obtendría un intercambio de ideas con otros periodistas y principalmente, podría recibir el conocimiento y la experiencia de grandes del periodismo. Una recomendación me pareció capital: “cuando tengas una oportunidad, conversa con Kapuscinki, es difícil, porque anda por todo el mundo, pero si puedes, hazlo”.
No pasó mucho tiempo para que ello ocurriera, el polaco tuvo a bien hacer una escala en México, se habían programado un par de pláticas, una en la Universidad Iberoamericana y otra –para mi sorpresa- en el periódico Reforma. Asistí acompañado de mi hermano Víctor y mi cuñada Sandra –ambos excelentes periodistas- a la plática en Santa Fe. El auditorio, relleno de muchachos imberbes y más preocupados por su apariencia física que en su aprendizaje, convirtió la magistral conferencia de Kapuscinki en una colección de respuestas soberbias a preguntas pueriles. Puedo decir que me impresionó sentir las tablas de un experto frente a mí, cómo aquel hombre blanco y regordete había tenido, y solucionado, conflictos en los que cualquier reportero tiene día a día.
Al día siguiente, el reportero hizo presencia en el diario donde laboraba. Sencillo y afable, arribó al salón Chapultepec, al que habíamos sido convocados toda la platilla de reporteros y editores. En un polaco convertido al español, mientras el limitado tiempo lo permitió, respondió a las preguntas de los asistentes. Desde las más elaboradas hasta las más básicas se lanzaron al europeo. “¿Cómo se hace alguien reportero?”, preguntó un novel reportero de espectáculos. “No lo sé, sólo se que estoy aquí y por algo estás aquí”, se impuso Kapuscinki.
Tras la plática, que apenas habrá durando unos treinta minutos, Kapuscinki se retiró. Supe que debería seguir la recomendación de Restrepo y pretendí abordarlo. Aunque algunos guardias trataron de impedirlo, lo logré. Llegué hasta el polaco y sonriente, les dijo a los guardianes: “Déjenlo pasar, lo vi en la conferencia, es un reportero y los reporteros no mordemos”. Tras mi presentación, le dije que Restrepo me había recomendado hablar con él. Ilusamente pensé que me daría el secreto mejor guardado para los reporteros. Pregunté el por qué titular a uno de sus libros Los cínicos no sirven para este oficio.
En el elevador respondió que el cínico no conservaba nada de los que veía y escuchaba, que lo usaba para su mejor beneficio. Pregunté el cómo diferenciar a un cínico de un honesto. “Tu corazón y tus conocimientos son las mejores armas, lo que aprendemos en la trayectoria periodística son los mejores usos que les damos”.
Entonces, pregunté cómo enfrentar a un jefe o a una empresa que quiere que seamos cínicos y no honestos. “Si eres capaz de dejar lo que amas por tu pasión y tu ética, no te debería importar eso.Aunque te obliguen, nunca podrás ser cínico. Y lo único que veo en ti es pasión, no la desperdicies”. Y se fue.
La tarde del martes falleció ese hombre. Hoy doy gracias por lo que me dejó, Restrepo no se equivocó. Trato día a día de no desperdiciar, y que otros colegas no lo hagan, la pasión por el periodismo. Espero hacerlo siempre y no desperdiciarla.
Gracias Riszard. Sé que seguirás reporteando desde donde estés.
(Actualización) Hoy menos que nunca lo haré. No puedo hacerlo.
*Académico y periodista
